Ascensor
Cada momento, una sorpresa
Si me he decido a escribir esto (en realidad, todavía no, solo es lo que a continuación voy a teclear), es para hacer patente aquello que suele suceder cuando llamamos al ascensor.
A veces, cuando totalmente distraídos, pulsamos la tecla correspondiente para que el ascensor nos venga a buscar, para llevarnos a donde queremos ir, esperamos que la tecla pulsada responda a nuestras expectativas y no nos traicione.
Después de esperar, la vida es espera, se abre la puerta y siempre o casi siempre aparece un habitáculo vacío, algo impersonal, pero como la tecnología no tiene por que ser amigable, nos introducimos en ese cubil, con la esperanza de que después de pulsar la tecla correspondiente, nos lleve al destino solicitado.
Por regla general, eso es lo que suele suceder, y es difícil que alguien recuerde la última vez que utilizó el ascensor, a menos que haya sucedido un percance digno de narrar.
Nos introducimos en él, pulsamos la tecla del piso de destino y nos dejamos llevar. Se abre la puerta y se acabó la odisea.
Ahora solo nos queda enfrentarnos a aquello que, está al otro lado de la otra puerta.
¿Qué pasaría sin al llamar al ascensor, en vez de un habitáculo vacío, nos encontráramos con un compartimento ocupado por una persona encantadora?
Lo de encantadora, lo dejo a la imaginación de cada uno o una.
Pero, por desgracia, cada vez que el ascensor está ocupado, la situación suele ser de poco encanto, personas que se envaran, rigidez en el trato, lugares comunes e incluso situaciones violentas entre los sexos.
Más de una vez, me he encontrado con chicas que se cruzaban de brazos en una clara actitud defensiva, como si temieran que estaban a punto de sufrir una agresión.
Cada vez que ocurrió, me quedé con la impresión que, para ellas, el ascensor es un lugar hostil, los posibles viajeros, unos violadores en ciernes y la apertura de la puerta automática, el fin de una pesadilla.
