Encierro
El “dolce far niente”
Llevaba doce días sin salir de casa.
Había ido al supermercado, llenó el carrito de alimentos y bebidas y aún tenía provisiones para otro tanto.
La mayor parte del tiempo, buscaba en Internet cosas que leer, leía de todo, desde El País, Público, La Voz de Galicia, los RSS de los blogs a los que estaba suscrito, hasta los anuncios adjuntos, el tiempo no era un problema, para leer y releer los libros de casa.
Después de horas de lectura, encendía la tele para ver alguna película o algún reportaje de naturaleza o historia.
Se enteró que Obama estaba perdiendo ventaja con McCain, que Paris Hilton se coñeaba de McCain que se quiso coñear de Obama a su costa, que los Juegos Olímpicos de Pekín (perdón Beijín) fueron los mejores de la historia, que un avión se cayo en Madrid y murió mucha gente, que los periodistas no hacen los periódicos, que los ferrolanos tienen molicie (enfermedad contagiada de los periódicos gallegos), que la gente va a la playa cuando hace sol (según la tele, él no se había dado cuenta de eso), y muchas cosas más que, le hicieron sentir un individuo informado.
Confirmó lo mucho que le gustaba el silencio, la tranquilidad y el sosiego.
Ahora, pensó, cuando se acabe esto, ¿seré muy distinto del de antes de mi reclusión o volveré sin apenas cambio?
En ese momento, empezó a notar un fuerte dolor en el pecho y se desvaneció.
Durante dos meses, nadie lo echó en falta, solo un lector de su blog dejó un comentario criticando su escasa producción.
Creía, que trabajando con honradez y perseverancia, poco a poco, conseguiría su objetivo: Medrar en su empresa.
Castrito era pintor de brocha gorda y bebedor habitual, todo mezclado.
Hoy, 14 de Enero de 2032, a las 8 horas y 10 minutos, ha ocurrido.
Ahora, no hace ni cinco minutos, venía, yo, con el carro de la compra de Alcampo, por el pasillo/calle del Área Central de Fontiñas (Santiago de Compostela), cuando un chaval de incierto paso se cruzó en mi camino y, naturalmente, me hizo detener.
Era yo un chaval, de unos siete u ocho años, cuando asistí a una jornada de caza-pesca que, me dejó un recuerdo imborrable:
De esta palabra no tengo recuerdos claros, ni oscuros, esta es la verdad. Siempre he navegado en la mayor de las incertezas.
Mi tía Carmiña, rubia y de ojos azules, pero con un carácter de padre y señor mío, se quedó soltera, y no fue por falta de pretendientes, posiblemente a ella no le gustaron lo suficiente y prefirió vestir sobrinos, que, desde luego, no eran santos, en el mejor sentido de la palabra.
Cuando llega este día, mejor esta noche, me acuerdo de aquella noche de San Juan, tendría yo unos ocho años, en Guitizá, una aldea del ayuntamiento de Sobrado de los Monjes (A Coruña), en la que todos los vecinos participaron juntando todos los trastos viejos que en los fayados había y fueron apilando en una informe pira funeraria, para quemar el pasado y dar la bienvenida al buen tiempo.
